Mi amor es cimero
Por J.A.Mauleón
Capítulo 1
Corría una tarde de verano, yo estaba paseando por una de las calles de esa ciudad llamada Pamplona. No tenía rumbo ni tampoco ansia de llegar a un final de trayecto. Llevaba dos horas andando e intentando evadirme de mi aburrida vida de universitario. Habían pasado tres días sin apenas salir de casa y sin mejor cosa que hacer que ver telebasura y leer un par de libros. Ya estaba harto de quedarme en mi pequeño piso y deseaba salir pero sin mucho que hacer. Compré un libro de literatura renacentista y tras ello deseaba sentarme a tomar algo así que paré en un bar a eso de las nueve de la noche. Recuerdo que era un bar de estilo navarro con fotos de pelotaris y un televisor grande emitiendo vídeos musicales en ese momento, era pequeño pero me servía con que tuvieran café. Me senté en una mesa y no tardó en llegar un camarero.
— ¿Qué va a tomar?
— Un descafeinado por favor y rapidito.
— De acuerdo y lo antes que pueda.
— Eso no me vale porque desconozco tu potencial a la hora de preparar cafés —exclamé descontento.
— Trabajo en un bar así que tengo la mía
— Sí al parecer pero nunca oí hablar de este barucho así que no debe de ser muy bueno. ¿Podrías tener el muy conveniente honor de prepararme mi café?
— Ya voy guaperas.
Tardó un par de minutos en traer el café y estaba caliente.
— ¡Está ardiendo! ¿Acaso tratas de derretirme? —le pregunté mientras lo miraba. Tenía más o menos la misma edad que yo. Tenía pelo negro, corto y era guapo de cara. Era fuerte y esbelto en cuestión de físico. Llevaba puesto una camiseta negra de un grupo que desconocía y unos vaqueros informales, además de un delantal negro con el nombre del bar.
— ¡No te pases señor universitario! —Exclamó mientras se sentaba en una silla— No intimidas tanto como piensas.
— Y eso lo dice el camarero. Démosle un novel en psicología.
— Eres increíblemente arrogante —añadió con gesto de enfado— créeme cuanto te digo que no llegarás a mucho siendo así. No importa que te gradúes en literatura, medicina, derecho o lo que sea porque para triunfar en la vida hay que tratar bien a las personas.
— Y eso lo dice el camarero que a lo máximo que puede aspirar en la vida es a cocinero de un restaurante de tercera.
— Ya, sí, seguro. No lo has notado por no poder darte una sola oportunidad de inferencia pero en el próximo curso estaré estudiando en la universidad tras haber estado trabajando de camarero estos años para pagarme los estudios. Porque no sé si lo sabes pero hay gente que necesita trabajar para poder tener estudios y aspirar a algo en la vida no como tú señor de caras vestimentas y un ego sin límites.
— Mira Camarero de tres al cuarto sólo te he pedido un mísero café y no recuerdo haber mencionado en un solo momento que necesitaba una charla sobre cómo debería hacer mi vida. Y si no te puedes pagar la universidad es cosa tuya porque no creo que hablarme de esa manera te ayude a recaudar dinero para tu causa —dije con ira tomándome rápidamente el café.
— Pues mira tío no se de dónde has salido pero me da igual porque yo hago mi vida y tu la tuya y no necesito que un pijo como tú me diga nada así que déjalo. ¡Adiós “Sir Desconocido”! –gritó mientras se levantaba y volvía a su barra.
Me levanté y volví a casa sin dejar de pensar en ese idiota de pelo negro que tan mal se había portado conmigo. No dejé de pensar en él pese a que sólo era un camarero de un bar. Me sentía mal por haberlo tratado así y era la primera vez que le pasaba. Pensé en él toda la noche y el día siguiente. Volví a la cafetería dos días después de haber discutido y le pedí disculpas pero aún así no era suficiente y el remordimiento me reconcomía por dentro. No dejaba de pensar en él y no lo entendía. No había una sola razón para aquel sentimiento tan extraño y ese anhelo de volverlo a ver una vez más. Al principio no lo entendía pero tras meditarlo entendí que me había enamorado.
Volví al bar a pedirle disculpas más adecuadamente y a verlo por la necesidad tan extraña de volver a oír su voz.
— ¿A qué vienes ahora? ¿A criticar mí pelo, mi ropa o que coño haces aquí? —interrogó con un enfado natural de la otra experiencia.
— No. He venido a pedirte disculpas humildemente por mis grotescos actos. No debí comportarme así con alguien a quien no conozco. Debería admirar tu fuerza para poder esperar a hacer algo que en verdad te gusta y luchar por ello. Yo desde siempre he tenido mi vida y mis oportunidades servidas en bandeja pero tú tienes que luchar por lo que en verdad aprecias y eso tiene mérito.
— Gracias. Acepto la disculpa.
— Gracias a ti enserio. Ponme un café.
— Marchando. Por cierto, ¿cuál es tu nombre?
— Ricardo Martinez, ¿y el tuyo?
— Aiden, Sean Aiden. Encantado.
Estuvimos un par de horas hablando y aprendí varias cosas de él como que cantaba y tocaba la guitarra por afición en un grupo y que pretendía estudiar música para ser, en un futuro, profesor de música en un instituto. Cada segundo que pasaba con él esa tarde más enamorado estaba.
Al día siguiente volví a tomar un café a esa cafetería y al siguiente y así varias semanas hasta que decidimos quedar fuera, concretamente en mí casa. Sonó la puerta, abrí y apareció un hermoso príncipe con un ramo de rosas rojas y los más selectos manjares, más bien un rockero con una peli de monstruos y tres bolsas de palomitas de microondas pero tenía su punto romántico detrás de la chupa, las botas, las cadenas, los pinchos, los cinturones, la camiseta de lo que sea eso y no quito nada más que lo dejo sin nada.
— Aupa Sean. Macho, ¿qué tal? Mira he traído “Un ojo bajo mi cama” esta peli motiva mucho.
— Para mí como si dices el salami de las tinieblas.
— Dios, ¡qué incultura! Ya te daré yo algo duro, que no todo son unicornios lo que hay por el mundo, que también hay jinetes que van por la vida dando fuerte.
Me quedé mirándolo con un gesto de ganas de practicar sexo con él mientras él me miraba y reía.
— Una pregunta, ¿tú eres virgen? Es que te quedas ahí mirándome con esa cara de salido mental y me haces sentir violable.
— Eh… No es nada. —dije entre risas tímidas.
— Hala, guapetón, vamos a ver la peli.
Mientras la veíamos charlábamos y con lo miedica que soy, además de lo oportunista, me agarraba a su brazo en ciertas escenas y sentía su confortable calor.
— Eres muy miedica, ¿sabías?
— Sí, lo soy un poco. Es cosa de la peli esta que paso pavor con estas cosas. ¡Ah! —grité fuertemente tirando las pocas palomitas que quedaban al suelo y agarrándome fuertemente a él con los ojos cerrados.
— Ya está, ya acabó la peli. Que trauma tienes.
— Mejor porque soy poco decidido a estas cosas.
— ¿Tú?, ¿poco decidido? Pues esa imagen que tienes de intimidante no te va bien, es decir es falsa.
— Sí, puede. Pero realmente soy muy inseguro y trato de tener esa imagen para poder ser respetado.
— No entiendo tu inseguridad. —me dijo mirándome fijamente– Eres una gran persona y lo demuestra que no todos hubieran venido a disculparse después de insultarme y tú lo hiciste. Y físicamente eres un hombre de veinticuatro años hecho y derecho, tienes el pelo castaño claro con un toque dorado y un poco largo pero no demasiado, unos ojos marrones y un aspecto facial muy bello. Tus labios atraerían a cualquier chica y tu sonrisa suave pero delatadoramente hermosa es capaz de mover montañas y atraer corazones.
— Gracias; pero aún no he tenido pareja estable. No le gusto a la gente. —después de lo que me dijo ya estaba muerto de felicidad.
— No entiendo el por qué. Eres una grandísima persona. —me dijo suavemente y me besó en la boca— sé que no soy una chica pero bueno.
— No pasa nada, es lo normal entre amigos. —si su comentario me había dejado muerto esto ya me había matado un millar de veces— ¿Puedo revelarte un secreto?
— Sí, claro.
— Eres mi mejor y único amigo.
— ¿En serio? Me halagas pese a lo triste que es eso.
— Lo sé. —dije tímido mirando hacia abajo.
— No pasa nada. Eres irlandés así que será difícil hacer amigos en poco tiempo.
— Llevo viviendo aquí toda mi vida y no he hecho nunca un amigo de verdad.
— Pues eso va a cambiar. Te presentaré a mis amigos seguro que les caerás bien porque eres estupendo y te mereces ser feliz. —dijo con una gran sonrisa.
— Gracias, en serio, eres un buen amigo —dije con una sonrisa de ánimo.
Nuestra historia como amigos comenzó ahí y siguió por buen camino. Nos llevábamos óptimamente y los sentimientos de euforia que tenía al verlo junto a mí no cesaban y no acabarían en ese momento. Creedme cuando os digo que el amor os puede llegar en cualquier momento o lugar con la persona más o menos indicada; por eso hay que disfrutarlo a más no poder e intentar ser felices a su lado de una u otra forma.
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